Recuerdos de una lesbiana

Por Loreley Flores

Recuerdos de una vida como la de tantas otras personas, borrador de lo que fue y lo que no, de lo dicho y lo callado, de lo que venía configurado de antemano.

Nací niña a los nueve meses de gestación y pasé a ser la bebota de papá -como tantas otras- el mundo a mi alrededor era rosa e incluía muñecas y vestidos. A los cinco años ya me preguntaban que chico me gustaba y -tal vez- como era la única opción posible, me gustó un chico y lo besé y me sacaron foto. ¡Qué orgullo! Tenía apenas cinco años…

Crecí e hice todo lo esperable, traté de agradarle a los chicos, me sentí fea, traté de bajar de peso, mostré el ombligo y usé minifaldas, muy mini, solo porque hay que mostrar para vender. Me esforcé en “no quedar para vestir santos”, tuve sexo aún cuando no tenía ganas porque ya estaba ahí y nadie quiere que la llamen histérica, fingí orgasmo y me contuve cuando realmente los tenía para no parecer “fácil” porque había que ser heterosexual, pero tampoco eso de andar gozando de más. Gusté me gustaron algunos chicos, nunca tuve que ocultarme, esconderme o salir de ningún closet.

Fui madre y novia y amante. Algunas veces miraba chicas, pero descartaba rápidamente la idea de que me gustaran porque…no, a mí no me gustaban las chicas.

Hasta que un día me gustó tanto una que no pude negármelo. Ya era una mujer madura, no sentía que tuviera que reprimirlo ni darle explicaciones a ninguna persona. Y fui para adelante y me quedé a dormir en su casa y a disfrutar una sexualidad hasta esa noche desconocida. Y la besé en la calle. Y ella dijo: en la calle, no.
-¿En la calle no? ¿Por qué?

Y ahí empecé a entender muchas cosas como si las piezas se acomodaran mágicamente. Qué adolescencias distintas habíamos tenido.
Ella creció reprochándose su orientación, tratando de que algo la cambiara para no tener que enfrentar a un mundo inhóspito hacia la diversidad sexual, hacia las lesbianas.
Yo crecí con impunidad, con derecho al abrazo y el beso en cualquier parte, apretando en un colectivo o en la puerta de mi casa. Con otros miedos, con otras frustraciones, pero con los deseos expuestos.

Mi familia me preguntaba para cuando un novio, la de ella también.
Cuando quedé embarazada soltera y con muy pocos años, recibí apoyo y se exhibía al pequeñín de la familia cual Simba en el Rey León.
Cuando ella dijo que no le gustaban los varones, le pidieron que lo ocultara, que todo quedara en lo íntimo de la familia. Y comenzó a duelar la posibilidad del amor al descubierto, hasta la de ser madre.


Cuando creí enamorarme lo supo el pueblo entero.
Cuando creyó enamorarse, la presentó como a una amiga. Los besos eran ocultos, prohibidos. Nadie necesita ni quiere verlos.
Y así llegamos al momento de nuestro beso en la calle. Y ambas quedamos perplejas.
Ella no esperaba el desparpajo de un beso a plena luz del sol.
Yo no sabía ocultar y sentí que a partir de ahora debía hacerlo.

Pero no, había leyes que habían cambiado un poco la historia, la sociedad aún mataba a las “Pepas” por ser torta, lesbiana y mostrarse. Y nosotras estábamos ahí, con recorridos distintos, tratando de aprender a transitar juntas una nueva forma de deseo.

El deseo entre dos mujeres, que se mostraban porque sí, porque ya no tenían miedo, porque no creían en la “normalidad”, porque se gustaban.
El amor vino después. Se gustaban y con eso era suficiente.

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