La Mochila

Levantó el forro, el labial, y la lencería erótica que había quedado tirada junto a la cama. Guardó todo en su mochila y se fue temblorosa de la habitación de aquel hotel.

Al salir, el muchacho que estaba en la recepción la notó nerviosa y le preguntó si estaba bien. Casi sin mirarlo le contestó que sí y paró el primer taxi que vio con el cartelito de “libre” encendido. Le pidió que la llevara a una dirección que no era la suya, pero que quedaba cerca. Caminó con paso acelerado hasta su casa, llevaba la llave en la mano, había aprendido a llevarlas así como método de defensa personal, en algún programa de tele.

Abrió la puerta, subió la escalera desvistiéndose de camino al baño. Llenó la bañera y se sumergió en ella. No podía dejar de pensar. No era muy tarde, pero sus hijos ya estaban dormidos. Pasó por la habitación, se acurrucó un ratito junto a cada uno de ellos, los besó y se dirigió hacia su propia habitación.

Javi la esperaba despierto leyendo. ¿Cómo fue tu día hoy, amor? le preguntó como hacía todas las noches.

-Estuve de guardia hasta tarde, en esta época hay muchos accidentes, ya sabés, dijo ella, deslizándose entre las sábanas. -¿Y el tuyo?

-Como todos, llevé a los chicos a la escuela, la maestra me comentó de las dificultades de Franco para las matemáticas y que Lucila está cada vez más distraída. Después fui al super, todo aumentó otra vez: ahora ya no compramos lo que nos gusta, si no lo que nos alcanza. Fui a la EPE a pagar la factura vencida, preparé el almuerzo que por supuesto nadie quiso comer porque tenía “verduritas”. Renegué con eso, con el jardinero que quiere cobrar más a partir de la semana que viene, con las tareas de la escuela. Llevé a Franco a teatro y Luci a basquet. Volví a renegar a la hora del baño, de la cena y también a la hora de ir a dormir. Les leí un cuento y acá estoy, disfrutando de mi momento…

-Hagamos el amor, dijo ella con lágrimas en los ojos, mientras le apretaba la mano y se quitaba el piyama.

-¿Ahora, Lau? estoy cansado y los chicos podrían despertarse en cualquier momento, lo sabés…en un rato Luci tendrá pesadillas y tendremos que ir a calmarla

-Hagamos el amor. Necesito que me sientas y que sepas que sos el único hombre al que amé y amaré en toda mi vida.

-Lo sé, dijo él, mientras se enredaba en sus brazos morenos y sus piernas largas. Era bella. Perfecta. Cómo re- sistirse a eso. Jugaron, como lo hacían siempre a desempeñar un papel, eso les excitaba mucho. Usaron cada uno de los geles y el vibrador que habían comprado la última vez que visitaron el sexshop. Fue una noche mágica, interminable o casi, porque Lucila se despertó como habían previsto. Javier fue a su habitación y le cantó la única canción que la calmaba y regresó. Laura no dormía, pero fingió hacerlo y lo abrazó fuertemente mientras evitaba que las lágrimas le cayeran en el pecho. Él las sintió, una a una y tampoco pudo conciliar el sueño, pero la amaba demasiado como para atreverse a preguntar.

A las seis y media, el despertador sonó, él intentó levantarse rápido a preparar el desayuno para toda la fa- milia, pero ella lo retuvo.

-Quedate un ratito más conmigo, le dijo, y volvió a abrazarlo. Quiero que sepas que ustedes son lo que más amo en el mundo, dijo susurrando.

-Lo sé, repitió él, la besó y bajó a la cocina. Como cada mañana prendió la tele mientras buscaba la leche, el café, el mate y los cereales, pero una noticia lo sobresaltó. Habían encontrado muerto en la habitación de un hotel al jefe de residentes de Laura.

Laura, de pronto, estaba parada en la escalera atónita mirando a Javier y al cronista que decía que habían podido identificar a la persona que estaba con él en el hotel, porque al salir huyendo, había olvidado su mochila en un taxi, con un condón usado y todas sus identificaciones.

Y de pronto el infierno. Hubiera querido volver el tiempo atrás y hacer todas las cosas de otra manera. Amaba al hombre que la miraba incrédulo desde la cocina. Y a Franco y a Lucila. Nunca quiso hacerles daño. Eran todo lo que ella necesitaba para ser feliz. Buscó en su mente y no supo cómo ni cuándo se había alejado tanto de su mundo ni por qué. Supo que era tarde, que no había vuelta atrás y pensó que su vida también había ter- minado en la habitación de ese hotel, unas horas atrás. Quiso acercarse a abrazarlo, pero no podía moverse. Las lágrimas no dejaban de brotar de sus ojos ni de los de Javier que también se sintió morir.

Un ruido de sirenas la separó para siempre de todo lo que realmente amaba. Un ruido de sirenas y una fanta- sía estúpida que la había cegado y se le había ido de las manos, pero que ahora la dejaba ver con claridad una realidad cruel que ella misma había construido y que destruiría todo aquello que le había dado sentido a su vida. Pensó en sus hijos que aún dormían y corrió a pedirles perdón a la orilla de sus camas. Buscó la mirada de Javier, pero no la encontró. Hubiera querido decirle tantas cosas, pero lo vio de espaldas preparando el café, como cada mañana, mientras los oficiales de policía se la llevaban de aquella que ya nunca volvería a ser su casa.

Por Loreley Flores

Para Perras Negras

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