Crónicas del barrio: el año de la vacuna

Por Julieta Bielsa

Viernes, 31 de diciembre de 2021

Me levanto y tengo la nariz tapada, los ojos pegados. Hace un calor de morirse desde temprano. Siento la luz del sol furioso en la cara y estornudo sin parar, una, dos, tres veces. No puede ser, justo ahora. Justo hoy, justo este 31 de diciembre, justo este fin de año en que el resto de la familia aceptó reunirse en mi casa porque les pibes se plantaron y de acá no nos movemos, queremos salir con nuestros amigos, no vamos a ningún otro lado; justo esta vez que todos contestaron sí, perfecto, ningún problema, vamos nosotros para allá.

¿Y ahora qué hago?.

Hablo con mi vieja. Antes de que le diga nada me pregunta si estoy resfriada. Le cuento. Le pregunto qué le parece. La única que está así soy yo, le aseguro. Es el aire acondicionado, lo tuve clavado en la nuca durante las últimas dos semanas de este calor infernal que no afloja. Es eso.

Al final vienen todos igual, para la noche me siento mucho mejor. Cuando mis viejos llegan, mi papá acerca la cara para saludar con un beso. Nooo, besos mejor no, por las dudas, estoy bien pero quién sabe, saludémonos con el puño, perdón, digo sin respirar. Mi viejo me clava la vista y se da vuelta.

Mientras saca interminables bolsas del baúl del auto me dedica un andá a cagar, que puedo oír claramente. A los 70 años mi papá se volvió punk.

La noche avanza, la comida se va acumulando sobre el tablón enorme que compramos especialmente para la ocasión y que pusimos debajo de una guirnalda de luces colgada en dos fresnos. Me gusta mi patio, estoy contenta. Los vecinos ponen cumbia y por un rato me olvido del calor, del resfrío y de la puteada de mi viejo. Pero escucho las voces de un montón de pibas que juegan y se ríen en la calle y pienso en mi vecinito, el de enfrente. Este año terminó la primaria y volvió del viaje de egresados, para Navidad. Contagiado de COVID, como la mayoría de sus compañeros. Porque el viaje fue, claro, a Carlos Paz, en el preciso momento en que explotaban los contagios en la provincia de Córdoba. Mi vecinito pasó la Noche Buena aislado en su propia habitación; lo vi correr varias veces la cortina para mirar la calle por la ventana. El año anterior para esta misma época se había quemado la pierna y anduvo con muletas todo el verano. Uf, por qué me acordé de eso. Parece una maldición. Y nunca lo vi quejarse. Mejor voy a buscar la sidra, que ya casi son las doce.

Sábado, 1 de enero de 2022

Todo el día en casa. Tarde hermosa: la lluvia nos da un respiro. La tormenta llegó en el momento justo, como fin de fiesta. Tenemos suerte. Podemos charlar y tomar mate en el alero mientras comemos las sobras de la noche anterior, que vamos a repetir hasta cansarnos. Lindo día.

A las 10 de la noche se corta la luz en todo el pueblo. Bajón de tensión y todo queda a oscuras. Mi cocina, la calle, las ventanas de cualquier otra casa. Maldita sea, justo ahora. Jusssto ahora que es de noche y quiero ver una película.

Mientras busco las velas y vuelvo a estornudar y me empiezo a enojar y puteo en silencio y ruego que mi marido no diga lo que ya está diciendo en voz alta con una sonrisita socarrona (qué lindo cuando se corta la luz, se pueden ver las estrellas) y siento que a partir de ahora las cosas solo pueden empeorar, me acuerdo de una nota de Mariana Enríquez que leí hace poco. Habla de la depresión veraniega (“mi verano triste”, la llama ella) y dice: “Quien nunca la atravesó no sabe lo patética que puede ser”. No está segura de cuándo empezó, cuenta, pero cree que fue después de un corte de luz, “cuando me encontré en la oscuridad de la cocina con una vela, transpirando, y fue tan bajón que decidí salir a la puerta a esperar que volviera la electricidad. El movimiento no sirvió para calmar mi amargura, porque me puse a pensar en qué triste es mi vida si dependo tanto de la luz y sus entretenimientos, en por qué me pongo ansiosa mientras mis vecinos sacan las reposeras a la vereda y rezongan pero socializan, en por qué no puedo hacer como mi señor marido, que lo más tranquilo juega con la gata en el patio y se resigna. A lo mejor empezó esa noche la tristeza de verano, pero no estoy segura”.

Gracias, Mariana. Menos mal, no soy la única. Nuestros maridos y vecinos están mejor preparados para las contingencias de la vida. Son anímica y moralmente superiores a nosotras. Qué le vamos a hacer.

Se acerca mi hijo, que está aburrido pero no siente culpa, como yo. Me muestra una historia de Instagram de hace unos días. Cande Tinelli se pregunta si se vacunó al pedo. Dice estar mareada. ¿Para qué sirve la vacuna si hay miles de contagios?, se pregunta. Nos reímos de algunas de las posibles respuestas. La busco en Instagram. Esta chica tiene más de 4 millones de seguidores. Bueh.

Nos quedamos mirando la calle oscura. Cande Tinelli no vive en el barrio. Pero llega.

Me acuerdo del andá a cagar de mi viejo y sonrío. Vuelve la luz.

Domingo, 2 de enero de 2022

Hoy me entero de que hay pica en el pueblo. Persecuciones. Peleas. El contingente de pibes contagiados en Carlos Paz desató otra tormenta. Un grupo de gente acusó de andar sueltos por la calle a los padres de los niños aislados, también de haber mandado irresponsablemente a sus hijos a la provincia que registraba (según leí por ahí) el 40 % de los casos de todo el país. Los damnificados, por su parte, respondieron enojados en Facebook. Y los pibes, imagino, padecieron a unos y a otros. Pobres pibes.

Leyendo pavadas me entero de que vacuna” fue la palabra del año. Podrían también haber sido negacionista o variante, desabastecimiento o ecoansiedad. La de 2020 había sido “confinamiento. A quién le importa, al fin de cuentas.

Vuelvo al mate y al alero. Miro la calle vacía y pienso. Empezamos el año con mucha gente aislada en el pueblo. Algunos con fiebre, otros ni eso. Me cuentan que murieron dos personas esta semana. De una se sabe que no estaba vacunada. No las conocía: hace 15 años que vivo acá y todavía no identifico a casi nadie. Suspiro: menos mal que los pibes que viajaron están vacunados, a pesar de las dudas de las influencers con más de 4 millones de seguidores. O de las certezas de mis vecinos antivacunas.

¿Lo pensé o lo dije en voz alta? Mi hija comenta que tiene un amigo que está enojadísimo porque va a tener que vacunarse para entrar al boliche. ¿No se había vacunado? No. Me sorprendo. Hija me recuerda que las vecinas de enfrente también se negaban. Vuelvo a sorprenderme. Las vecinas de enfrente son evangélicas: la vacuna te deja la marca del diablo en el cuerpo, me cuenta que decían. Pero un día en la escuela una de ellas anunció contenta mañana me vacuno. Claro, como el resto. A los 13 años cuesta mucho ser rara.

La historia me alegra, un poco.

Cae otro chaparrón. Las chicas de enfrente, las que al final se vacunaron, aparecen corriendo en malla. En lugar de meterse adentro, se ponen todas a lavar un auto. Están contentas. Se tiran agua y se ríen. Igual que cuando se corta la luz.

Ojalá nunca tengan veranos tristes.

Estornudo. Mañana me voy a testear, por las dudas.

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