«Disparos»

Susan escribía “debemos permitir que las imágenes atroces nos persigan”, su hijo David quería acompañarla a la clínica ese viernes, se sentía mal, realmente mal.
-Voy con Annie- le había dicho. Pero Annie se fué, sabía que David no la dejaría sola, aunque tuviera razones para hacerlo, lo sabía, pero en su corazón no podía dejar de dudar. Seguramente estaría al tanto de la dis- tancia cada vez más grande entre ellas, de la ausencia de besos, de la ausencia de sexo. El sexo, lo que que menos le importaba, no se sentía bien, estaba peor.

Los 15 años juntas no habían sido fáciles, ni siquiera podría llamarlos felices. ¿Qué las unía? ¿Sus obsesio- nes?. Quizás ya había sido demasiado. Quizás esta vez se había ido para siempre.
Susan no podía saber entonces que sería Annie quien le tomaría su última fotografía en el año 2004 en su lecho de muerte, de donde no se movió ni un segundo.

Cuando la conoció, Susan era una de las intelectuales más influyentes de su época. Annie, que tenía 39 años, la retrataba para la portada de su libro. Sintió curiosidad por la fotógrafa que tomó la imagen de John Lennon desnudo abrazando a Yoko Ono, pensó en los cinco disparos que mataron a John luego de esa última foto, pensó también en los seis disparos de Dorothea.

Susan amaba la fotografía, o no, no exactamente a la imagen en sí, amaba la imagen echa texto, relato, cons- truyendo en un acto político, transformador de las vidas públicas y privadas, las imágenes de los infelices, en ellas se iba, en el caudal de palabras que le extinguió al fin su impulso vital. El sufrimiento, el acto heroico del fotógrafo que entre salvar una vida o tomar la foto, elige lo último.
Los niños habían disfrutado del mar en Santa Barbara.

En marzo de 1936 la temperatura era agradable, un suave viento llegaba seco del Pacífico, Florence viajaba con su marido y sus siete hijos por la carretera árida que la llevaría al próximo campo de cosechas en Wat- sonville, ya habían recorrido cerca de 800 km, cuando en Nipomo el transporte dejó de funcionar. Nueve personas dentro del auto, viajando por la route 101 en California, las remolachas que habían comido en Valle Imperial comenzaban a ser un recuerdo que daba lugar a la incertidumbre. Florence que sabía que la espera sería larga, improvisó una carpa. Cuando Dorothea la vió, su marido ya había partido con dos de los niños a buscar un taller donde reparar el radiador. A Dorothea le dolían mucho los pies, ese día más que de costumbre, el gobierno la había contratado para difundir sus políticas sociales, llevaba un buen tiempo caminando, consciente de la importancia de su rol, de su denuncia, responsable de la influencia que podía generar en el pueblo norteamericano. La sociedad debía sensibilizarse. Los desempleados, las familias des- plazadas, migrantes, la gente sin hogar, sin recursos básicos para sostenerse, acechadas por el hambre y las enfermedades, todo aquello debía mostrarse, socorrerse. Podría haber elegido algún equipo de trabajo más liviano, pero no quería permitírselo, llevaba su pesada cámara soportando el dolor, llevando al límite las po- sibilidades de su propio cuerpo dañado por la polio durante la infancia, quería esa foto: “La foto”.



Cuando la vio se sintió como una viruta de hierro en un campo magnético, olvidó sus pies torcidos, sus pa- labras, solo la imagen la absorbía por completo, le quitaba el aliento. Seis disparos y ambas vivieron con las consecuencias, la fotógrafa con la celebridad, la fotografiada con la vergüenza.

A Florence Leona Christie hija de Cleo Owens y George B Thompson de 32 años de edad, que comía los pá- jaros que los niños mataban, no le agrado que le tomaran la imagen, pidió discreción, solicitó el envío de la foto de manera privada, se sentía sucia, fea, culpable de su miseria, avergonzada en esa exposición de su más íntima frustración, de su fracaso, de su necesidad. Dorothea no pudo, o no quizo escucharla. Gracias a esa imagen publicada, la imagen icono del fotoperiodismo, el registro más sublime de la depresión de los años 30, pocos días después llegaría a Nipomo la ayuda, el alimento para cientos de familias. LLegaría cuando Florence en su auto, con su prole estaba ya muy lejos. Para Florence solo hubo estigma y vergüenza… Solo diez minutos, unas palabras confusas y seis imágenes.

“Una cámara fotográfica podía verse como un arma”
Solo faltaba remover el dedo de Florence del negativo, ese dedo sujetando fuerte, firme, desconcertado, des- encajado. Perfeccionar la imagen de la miseria había sido el último acto de una secuencia de amputaciones, la imposibilidad de decidir fué el primero. Ahora si, la foto lista.

Cuarenta años pasaron, el periodista Emmet Corrigan encontró a Florence en su casa móvil, había vivido en el anonimato. Y solo después de su muerte sus hijos pudieron ver lo que todos los demás veían, una leyenda de fortaleza de la maternidad de Americana.

Tempo

Ficción no tan ficción basada en:
Florence Michel Owens Thompson 1903-1983, Agricultora. Dorothea Lange 1895-1965, Fotógrafa.Susan Sontang 1933-2004, Escritora Filosofa. Annie Leibovitz 1949, Fotógrafa.

Texto incluido en el libro «Perras Negras» Volumen I

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